AUNQUE TENGAS TODA LA RAZÓN, por Enrique Bianco

Por favor si me va a acusar de ingenuo no lea este artículo.

Supongamos que el Gobierno tenga toda la razón y estamos en un país mucho más justo, con un presente promisorio y un futuro aún mejor.

Supongamos que la oposición tenga toda la razón y estamos en un país desigual, donde el futuro aparece amenazante y el presente es exactamente opuesto al país que muestra el gobierno.

Supongamos que en la vida política tiene razón aquel que cree que quien es de derecha es una persona a la que le interesan solo los intereses corporativos, hacer plata, y que le importa nada la pobreza y tiene su corazoncito más en el primer mundo con Estados Unidos y Europa que con Latinoamérica.

Supongamos que en la vida política tiene razón aquel que cree que la izquierda viene por todo y por todos, y que a lo único que aspira es a desalambrar y quitarle todo a los ricos para terminar con la oligarquía terrateniente, y destruir la propiedad privada a través de un estado omnipresente.

Aquí termino con las suposiciones.

Todos sabemos que, suponiendo que todos tenemos razón, en cualquier caso, hace falta retroceder un pasito para atrás o mejor dicho dar un paso previo.

Es imprescindible considerar que el otro tiene algo para aportar. Y no estoy pensando en la ingenuidad de que en el fondo todos somos buenos y puros. Lo que quiero resaltar es que es absolutamente imposible que crezcamos como sociedad y logremos el país que todos soñamos si no creemos que el otro, muy distinto a mí, tiene algo para aportar.

No podemos seguir lastimándonos todos los días, pensando que todo el pensamiento K es de una secta de corruptos que solo quiere el poder para enriquecerse y que todo el pensamiento de la oposición se reduce al tiritero de Magnetto tramando un golpe institucional con la sociedad rural y las corpo como arietes de la destitución.

Yo creo y quiero pensar otra cosa, y sé que muchísimos piensan igual, pero están licuados en este campeonato infame de amigo vs enemigo que no nos lleva a ninguna copa del mundo.

Quiero invitarme a pensar, tomando la economía por ejemplo como parámetro, que a lo mejor el tipo de derecha cree de buena fe que una buena organización empresaria dentro del capitalismo puede redundar en mayores beneficios para todos y no para una burguesía prebendaría. Y que la empresa, aun siguiendo su natural aspiración de lucro, puede ampliar los bienes y servicios para la sociedad, pagar salarios justos y ocupar un rol socialmente responsable dentro de la comunidad.

Y también invitarme a pensar que a lo mejor un tipo de izquierda está efectivamente convencido que el Estado como protagonista de la vida económica juega un rol fundamental en la distribución de los recursos, y que no por eso le va a sacar arbitrariamente a los ricos para regalarle a los pobres y que su permanente preocupación genuina por los más desposeídos nos pone a la sociedad alarmas imprescindibles y saludables para que cada ciudadano no piense solo en sus problemas personales.

¿Quién tiene toda la razón? No lo sé, a lo mejor ninguno. Pero aunque alguno la tuviera, hay que dar ese paso previo, partiendo de la base que todos queremos una Argentina mejor. Yo me resisto a creer que el que vota por Mauricio Macri, por citar al ejemplo de centro derecha, quiera un país para pocos, como también me resisto a creer que quien vota a Cristina quiere un país dividido.

El Papa Francisco en Brasil, “nos dio”, hablando en criollo, para que “tengamos todos un poquito”: – “¿Viste lo que le dijo a los curas, y viste lo que le dijo a los obispos, y viste lo que le dijo a los jóvenes, y a los laicos?”, podríamos comentar por lo bajo. En todos los casos, propuso ir a buscar al otro.

Y en la política, esa es la tarea previa que no podemos soslayar a riesgo de profundizar divisiones. Por supuesto, no le escapo al bulto. El Gobierno tiene una responsabilidad mayor, que es la de liderar este proceso de considerar al otro, aun siendo alguien en las antípodas de su pensamiento.

Pero, ¿cómo no nos vamos a dar una oportunidad de construir una vida en sociedad que no sea bajo los parámetros de amigo-enemigo, sino de sumar para multiplicar? Insisto en subrayar que no es una utopía, porque la materia prima de todo esto sigue siendo el hombre, y éste puede aprender de sus errores y del dolor. Como dice la filósofa Josefina Semillán, “el dolor no asimilado es resentimiento, el dolor asimilado es aprendizaje”.

A esta altura, algún lector pro k sin buena fe, puede estar pensando que esta nota es un “pobre disfraz” de las corpo a través de La Nación, para lavar culpas y posiciones indigeribles para el Gobierno. A esta altura, algún lector pro oposición sin buena fe, puede estar pensando, “este es un salame que cree en los pajaritos de colores, cuando el Gobierno hace exactamente lo contrario a lo que propone en esta nota”.

Y entonces puedo concluir tristemente: ¿Estas líneas son solo un manojo de buenas intenciones? Puede que sí o puede que no. Depende de nosotros romper con esta lógica.

Hay antecedentes de que podemos romper esta lógica y diseñar un puente entre nosotros. No tan lejos de aquí, Nelson Mandela demostró que es posible. Alguien que con 27 años de cárcel y sus justas reivindicaciones tenía “toda la razón”. Sin embargo, creyó que la minoría blanca tenía algo para aportar y la sumó definitivamente a una Sudáfrica unida, impensable con Mandela preso. Es célebre en la película Invictus su frase respecto de considerar a los blancos tan sudafricanos como los negros: “No es una táctica política sino humana”, sentenciaba Mandela.

Y en nuestro país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cuando asumió en su segundo mandato afirmó que la clave de todo es el amor, es decir, ponerse en el lugar del otro, y pensando que el otro no es un enemigo sino alguien a quien servir.

No nos engañemos más. Lo sabemos. Hay que dar ese pasito previo de valorarnos más, de recuperar la buena fe, de buscarnos, y a lo mejor encontremos en el amor, el tamiz necesario para ver que aunque alguno tenga toda la razón, hace falta el otro.

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